Obscenidad, estupidez y censura (Sobre el Proyecto de Ley de Censura de Obscenidad en la Prensa del Perú)

Obscenidad, estupidez y censura

Por Jorge Bruce

Dado que la inmensa mayoría de iniciativas de nuestros congresistas configuran soberanos despropósitos, procuremos por lo menos extraer alguna enseñanza de su reiterada estupidez. La última ha sido el proyecto de censura vinculado a la obscenidad en los medios. Como todo parece indicar que esta movida es otro más de esos fallidos globos de ensayo que pueblan semanalmente nuestro cielo, vamos a tomar en serio aquello de no hay mal que por bien no venga.

Yo sabía que en mi biblioteca tenía algo preciso al respecto. Gracias a la ignorancia de nuestros padres de la patria, lo recordé. Hace tiempo me entrevistó el más erudito en materia de obscenidad entre nuestros presentadores de televisión. Al concluir, me preguntó si me interesaría recibir un compendio de trabajos suyos sobre obscenidad y pornografía. En el mejor estilo nacional dije que sí, recibí el voluminoso texto en casa y lo relegué. Hasta hoy (¡Gracias hermanón!). El entrevistador era, por supuesto, Marco Aurelio Denegri y sus textos una delicia que aguardaba con paciencia entre mis libros.

Extractos: “¿Todo lo obsceno es pornográfico? No, porque no todo lo obsceno es sexual. Lo pornográfico, en cambio, siempre lo es (…). Además de la obscenidad sexual, existe la obscenidad excretoria, que comprende la micción y la evacuación fecal; y además de la excretoria, existe la obscenidad pédica. Orinar, mear, cagar y peer son actos ciertamente obscenos, habida cuenta de que no sean adecuados los sitios de su cumplimiento”. (Recuérdese a los presidentes Piñera, recientemente fotografiado meando contra una pared, o Toledo en el neumático de un helicóptero).
Esto es producto de la cultura, claro está: “Las mujeres de la tribu Musgu, del Camerún, localizan el pudor en el culo; se lo tapan escrupulosamente, pero dejan completamente descubierta la parte anterior del cuerpo”. Mientras los tembuanos y los peruanos ocultamos el pene, los masainos, “cuyo miembro es enorme, estiman vergonzoso ocultarlo”.

De ahí la dificultad de precisar la obscenidad. Denegri: “No podemos decir ‘esto’ es obsceno –advierte Bataille–. La obscenidad es una relación. No existe la ‘obscenidad’ como existe el ‘fuego’ o la ‘sangre’ (…). Algo es obsceno si alguien lo ve y lo dice; no se trata exactamente de un objeto, sino de una relación entre un objeto y el espíritu de una persona”.
Lo cual nos lleva a la censura propuesta por nuestros preclaros representantes: “Y a propósito de la censura, si hay algo obsceno per se, eso es la censura.”
Y por eso: “Señala Bataille con justa razón que el hombre tiene permanentemente miedo de sí mismo; sus movimientos eróticos lo aterran; por eso desbarra, porque no comprende lo que pasa; incomprensión debida al desconocimiento que profesa de sí propio; pero como tampoco se esfuerza por conocerse, no domina lo que le aterra y sigue inevitablemente cometiendo estupideces.

Mientras nos espante el erotismo y nos angustie el placer, habrá censura, vale decir estupidez a borbotones, expulsada con el mismo arrebato con que brota el petróleo de la tierra”.

Acallado el ruido del proyecto retrógrado, ¡que alguna editorial publique los escritos de Denegri!

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